Un paseo por las ruinas del Poblenou, el que fue gran barrio obrero de Barcelona.

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Aquellos tranvías del Poblenou y el “lloro del 36”.

Tranvía.- Vehículo que circula sobre raíles en el interior de una ciudad o sus cercanías y que se usa principalmente para transportar viajeros.(R.A.E.)
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El 27 de Junio de 1872 se inaugura en Barcelona la primera linea de tranvías, desde el Pla de la Boquería hasta los “Josepets” de la Vila de Gràcia, entonces independiente. Los coches, que habían sido importados de Gran Bretaña, estaban tirados por caballos y eran del tipo “imperial” de dos pisos, cerrado el de abajo y descubierto el de arriba.
Muy probablemente a principios de los 70 Poblenou tenía una población que se acercaba a los 15.000 habitantes producto de haberse convertido en una concentración industrial de primer orden y el barrio más pujante del municipio de Sant Martí de Provençals. Sin embargo no tenía ni servicios médicos, ni comerciales, ni administrativos, pues incluso las direcciones u oficinas centrales de sus fábricas radicaban en Barcelona. Así, debido a esa necesidad de comunicación, dos años más tarde, en 1874 se inauguraba la primera linea de tranvía que unía el Poblenou con el puerto de la ciudad, cuyos almacenes eran la salida natural de sus productos industriales. El tranvía, que era de vía ancha (143,5 cm.), pasaba por detrás del Parque de la Ciudadela y enfilaba el Paseo del Cementerio (Av. Icaria) para coger la calle Taulat y acabar en la esquina con Galcerán Marquet, donde se construyó una cochera* y unas cuadras para los animales, pues los tranvías eran de “tracción de sangre”.
En 1886 se acabaron la obras de la linea que unía Barcelona con Badalona y que pasaba por la Carretera de Mataró (Pedro IV). Ésta era de vía estrecha (1m.) y a partir del 1893 en la totalidad de su trayecto el tranvía era conducido por una pequeña locomotora de carbón, aunque por pocos años, pues la electrificación de los tranvías fue generalizándose, pasándose a denominar con el número 70. Otras lineas auxiliares también de vía estrecha fueron: el 41 de Plaza Urquinaona a Rambla/Wad-Ras; el efimero 47 con un trayecto idéntico al anterior pero que se alargaba hasta Les Corts; el 42, de la Plaza Urquinaona hasta las cocheras de Pedro IV; el 43, que después sería el 71, de Plaza Urquinaona hasta Sant Adrià, y el último en llegar, el 53, éste de via ancha, que iba desde el comienzo de Espronceda hasta la Plaza Tetuán.
Pero volvamos a aquella primera línea del barrio que sería, después de su electrificación en los primeros años del 1900, la que se denominaría 36. Durante muchos años sus coches eran de los que se les apodaba “cadeneros”, pues su único freno era una gruesa cadena engranada a una rueda lo que producía un ruido estridente y alarmante, cuando se utilizaba. La azarosa vida de esa mítica linea tuvo a partir de la electrificación del ferrocarril (1948), con cuya vía se cruzaba, otra circunstancia peculiar. Para evitar las chispas entre las dos catenarias demasiado cercanas, se le privaba al tranvía de ésta durante este tramo, por lo que tenía que coger carrerilla de antemano para proseguir su trayecto sin pararse, lo que era para aplaudir. Su trayecto fue en varias ocasiones prolongado hasta la Plaza España, así como su servicio suprimido para ser restablecido con el número 52, para finalmente en 1967 recuperar el número como servicio de autobuses.
Pero la historia del tranvía 36 lleva unida otra de entrañable y definitoria de una época que la modernidad hace irrepetible. Delante de su parada final del Poblenou había una tienda, que aún existe, La Licorera, dedicada a la venta de licores y vinos. A sus propietarios les regalaron allá por el año 1957 un loro gris, traído de Guinea, que sacaban a la calle para que el animal disfrutase de la luz natural. Como sea que también era el origen del trayecto se tenía que cambiar el trolley , esperar a que subieran los pasajeros y a que el jefe estación diera el aviso de salida mediante un silbato. Pero como es sabido, los loros tienen una habilidad especial en repetir determinados sonidos y sobre todo los silbidos, por lo que el ave no se le ocurría otra cosa que cuando veía toda la parafernalia del vehículo, imitar a la perfección el sonido del silbato, lo que acabó provocando que en repetidas ocasiones el conductor arrancara antes de hora y que los responsables del tranvía obligasen a sus propietarios a no sacar al animal fuera de la tienda.
El loro, muy querido por su dueña Teresa Ferreres, murió en el 1992, pero embalsamado aún tiene su lugar detrás del mostrador de La Licorera. Es más, su fama aparte de por la historia oral o escrita se ha materializado en la “Colla de Gegants del Poblenou” desde 1996, con la figura del “Lloro del 36” que acompaña a los clásicos Bernat y María en sus salidas.


*Existe un excelente blog, “Rails i ferradures”, especializado en el tema de los ferrocariles y similares que trata de forma amplia y muy bien documentada tanto el tema del tranvía en el Poblenou, como el de la cochera que existió en la calle Taulat.

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